En un post anterior criticaba que no se diera más bola a la papa en este su año internacional. En este, a riesgo de ya caer espeso, criticare una forma en que se le esta dando bola a la papa: Me refiero al comercial de las papas Lay’s Andinas.
No es que este comercial tenga alguna particular novedad que tenga que ser criticada. Lo criticable es que es una reiteración más de las mismas asociaciones que una y otra vez se hacen - en propagandas, en discursos públicos, en textos escolares, etc. – respecto al quechua, lo campesino y lo inca.
En este comercial de Lay’s Andinas nuevamente vemos una vez más lo siguiente
- La asociación entre el quechua y lo campesino.
- La asociación entre el quechua y lo inca.
- La asociación entre lo inca y lo campesino.
No es que estas asociaciones sean absurdas y que no haya nada entre lo inca, el quechua contemporáneo y lo campesino contemporáneo. Lo que pasa es que al reiterarse una y otra vez estas asociaciones tienden a ratificar ideologías que asumen que estas relaciones entre lo quechua, lo campesino y lo inca, son relaciones esenciales. Así, el espacio donde el quechua es visto como normal, aceptable, legítimo se reduce únicamente al espacio rural. Por lo general el quechua no lo podemos aceptar, y muchos ni imaginar, como una lengua en la cual se pueden llevar a cabo cualquier tipo de interacción social concebida como “moderna” o “urbana” (como por ejemplo aquellas que se dan en un banco, en una corte judicial o en una clase universitaria). De esta forma se reafirma la noción que lo urbano no es el espacio del quechua. Quizás sea innecesario mencionar que hay muchísima gente que habla quechua en las ciudades, incluida Lima, y que sufre constantemente discriminación cuando “transgrede” la norma silenciosa según la cual “el quechua solo se puede hablar en el campo”.
La asociación entre el campesino, lo quechua y lo inca hace que se subraye que los campesinos quechuas contemporáneos son valorables solo en tanto son remanentes, residuos, supervivencias de lo que antes fue la grandeza andina prehispánica. De modo que los campesinos no son valorables en la medida que lo debería ser cualquier ciudadano: simplemente porque es un ser humano y un(a) ciudadano(a). Esta asociación además es funcional a contextos y discursos que romantizando al campesino niegan la contemporaneidad de los campesinos andinos. Imaginados lejanos en las montanas, también se los imagina como viviendo en otro tiempo. No pocas veces se escuchan cosas como “es que estos campesinos viven en el s XVI” inclusive de intelectuales supuestamente informados. De modo que al no compartir el espacio ni el tiempo de “lo moderno”, no tiene por que sorprendernos que no gocen de los mínimos derechos ciudadanos ni de mínimos servicios básicos.
El romanticismo que tiñe estas asociaciones es en gran medida uno de los mecanismos que permite la silenciosa reproducción de los más negativos estereotipos que legitiman formas de discriminación de los hablantes del quechua y de los campesinos andinos. (Conste que los hablantes de quechua no son todos campesinos andinos y que no todos los campesinos andinos hablan quechua. No se trata pues de una relación esencial.) Este cariz benévolo de la celebración romántica de lo campesino esencialmente ligado a lo quechua y lo inca esconde el lado siniestro de estas asociaciones. Y si se cree que exagero respecto a la perversidad de estas asociaciones solo deberíamos revisar los argumentos esgrimidos de uno y otro lado explicando las muertes de 8 periodistas en Uchuraccay y al mismo tiempo el ominoso silencio alrededor de la persecución y casi exterminio de toda esta comunidad (luego de la muerte de los periodistas). En ese drama quedo claro que las vidas de 8 periodistas citadinos son muchísimo más valiosas para nuestra sociedad que una comunidad entera que fue prácticamente aniquilada tanto por Sendero como por el Ejercito. Que los campesinos de Uchuraccay fueron imaginados viviendo en un espacio y un tiempo tan lejano, tan distinto al “moderno” que no se podía creer que tuvieran relojes de pulsera o se llegara a afirmar que confundieron cámaras fotográficas con armas de fuego. Vale la pena leer con calma el reporte de la CVR respecto a este caso.
En fin. No estoy acusando al comercial de Lay’s Andinas de haber inventado estas asociaciones ni ser particular o intencionalmente perverso. Lo que digo es que este comercial es un ejemplo mas de cómo en la esfera publica, de las maneras aparentemente mas inofensivas, una y otra vez, se nos machaca el mismo mensaje esencializante que relaciona inextricablemente lo quechua con lo campesino y con el pasado inca. De esta forma la cultura campesina es valorada solamente como vestigio del pasado, lo quechua es reducido a lo rural y los campesinos son vistos como otros tan lejanos que nos parece normal, obvio, que no gocen de los derechos o servicios que todo ciudadano peruano debería gozar.



