domingo, 29 de junio de 2008

“Prohibido quemar ofrendas”: Sobre dos concepciones de sacralidad.

Escribo estas líneas a raíz de una extraña noticia sobre daños ocasionados algunas piedras de los baluartes de Saqsaywaman. El Comercio reporta que:

A las 5:00 p.m. del lunes 23, día previo a la celebración del Inti Raymi, siete pobladores de la comunidad de Sicuani fueron sorprendidos rociando aceite y sal sobre las piedras ubicadas en los baluartes (o murallas) 1 y 2, y en la portada del sector de Sayacmarca del Parque Arqueológico de Sacsahuamán. […]

Tras el hecho, el INC denunció a los presuntos responsables por el delito de atentado contra el patrimonio e intangibilidad del parque. Se trata de una familia constituida por Martha Espirilla Choque, Dorotea Flores Choque, Julia viuda de Gonzales, Andrés Avelino Gonzales Castro, Juan Gregorio Valdivia Gonzales, Modesta Colque Inquiltupa y Angelina Gonzales de Valdivia, entre los cuales habría un ex trabajador del INC. Todos quedaron detenidos en el Ministerio Público y están en manos de la fiscalía de turismo. […]

La familia declaró que estaban realizando un pago a la tierra, pero para el director del Parque Arqueológico de Sacsahuamán, Washington Camacho, este atentado buscaría agraviar a la institución, en represalia porque desde enero contrató a más de cuatrocientas personas, entre vigilantes y técnicos para el mantenimiento del parque.


En general la opinión del director del parque parece ser correcta. Para cualquiera que este familiarizado con la diversidad de despachos que se hacen en la región, llama la atención que se haya usado aceite y sal, y que estas sustancias hayan sido derramadas sobre varias piedras. Ciertamente esa no es una practica relacionada con los despachos.


Dicho esto, es pertinente mencionar que toda la zona de Saqsaywaman es un lugar privilegiado donde que queman ofrendas a los lugares sagrados desde hace muchísimo tiempo. En particular las zonas entre Q’enqo y el llamado Templo de la Luna han sido un lugar privilegiado para eso. Con el florecimiento del turismo místico en los noventas y en la actualidad se incrementaron considerablemente no solo la quema de despachos sino también múltiples otros rituales esotéricos que ciertamente hicieron abuso en particular de las bellísimas cuevas labradas del Templo de la Luna. En cierto momento de los noventas uno podía encontrar desde botellas, restos de parafina, inscripciones crípticas manchando los muros tiznados de las cuevas. Esto felizmente ha sido revertido y hoy el Templo de la Luna esta limpio y vigilado, además que se están llevando a cabo excavaciones allí.


Controlar estos ritos que terminan maltratando la roca misma es algo que nadie podría criticar. Pero en mi opinión las autoridades del INC ya se han ido al otro extremo. En el camino hacia este sitio, muy lejos aun de el, hay un cartel que menciona varias prohibiciones a los visitantes y una de ellas es el convidar despachos a los lugares sagrados, esto es “quemar ofrendas”. Concedería que es razonable prohibir que se quemen despachos en las rocas mismas de estos templos o al interior de las cuevas. Pero ya me parece no solo una exageración sino una falta de respeto prohibir que se quemen los despachos en todo el área del parque arqueológico que incluye muchos sitios aparentes para quemarlos sin alterar en lo más mínimo los sitios arqueológicos. Me parece una contradicción enorme el prohibir una práctica religiosa indígena en la proximidad de lugares sagrados indígenas.


Esta contradicción apunta a la legitimidad que tienen las instituciones estatales respecto al manejo de lugares sagrados indígenas. ¿Qué derecho tienen a prohibir una practica que debe ser muy similar a las que llevaron a cabo los constructores de esos monumentos? ¿Para quién se conservan esos lugares si es que en ese nombre se persigue una practica sagrada indígena? La respuesta que prima ahora esta dada por las correlaciones de poder de nuestra sociedad.

Esta contradicción se debe a dos tipos de concepción de la sacralidad de los sitios arqueológicos inca en el Cusco contemporáneo. Una, la de quienes los consideran sitios sagrados en un sentido clásico del termino y enmarcados en una definición estrecha de ‘lo religioso’. Son lugares poderosos, que participan activamente de una sociedad en la cual tanto lugares como humanos interactúan cotidianamente. En esta concepción estos lugares son personas en todo el sentido de la palabra, y entre otras cualidades, estas tienen hambre que hay que satisfacer. Esa es la lógica del despacho.



La otra concepción de sacralidad es la de – usando un termino acunado por Durkheim – la religión cívica del regionalismo cusqueño. Clave en el cusqueñismo contemporáneo son los lugares arqueológicos inca pues son una prueba fehaciente de la grandeza del pasado del Cusco. En el marco del regionalismo cusqueño, religión cívica oficial cultivada por toda institución cusqueña que se respete, los sitios inca son sobre todo evidencias antes que personas (que podrían tener hambre). Así, desde la autoridad que les confiere el discurso de la ciencia, los cuidadores de las evidencias de las grandezas del pasado inca son capaces de prohibir que quienes consideran el mismo sitio como un poderoso ser vivo lo puedan alimentar tal como se hizo probablemente desde mucho antes de los incas.


Estas dos concepciones de la sacralidad de los sitios arqueológicos no necesariamente son excluyentes y muchas personas manejan ambas. Estas entran en contradicción en algunos contextos como este que nos ocupa. Lo notable es que cuando esta contradicción se da, una sacralidad claramente tiene preeminencia sobre la otra. Esta jerarquía tiene características hegemónicas lo que es necesario combatir.


Debería haber un mínimo de respeto hacia las creencias de los demás, tanto aquellas de la religión cívica del regionalismo cusqueño así como las creencias en los lugares sagrados (aunque es obvio que en este caso son las segundas a las que se les esta faltando el respeto), Creo que pueden encontrar soluciones que satisfagan a todos respecto al acceso y mantenimiento de estos lugares que son, de distintas formas, sagrados para la inmensa mayoría, si no es todos, los cusqueños.


Este caso muestra como el INC da una mayor importancia al mantenimiento de los monumentos arqueológicos que a promover o por lo menos garantizar las condiciones mínimas que permitan que nuestras diversas culturas sigan desarrollándose (ojo que no digo conservándose) sin restricciones. Cambiar estas restricciones abusivas mostraría que realmente le importa y sabe algo sobre lo que se empeñan en llamar ‘la cultura viva’. Pero creo que el INC tiende mas a tener una visión de inventario y conservación: La ‘cultura viva’ antes de ser promovida, de buscar potenciar los espacios y contextos en que florezca y se reproduzca transformándose, es catalogada, registrada, inventariada… con la mentalidad de un coleccionista de arte primitivo de mediados del s XIX.


PD:


1. El Comercio escribe Saqsaywaman así: “Sacsahuamán”. Mas allá de las letras empleadas (en lo cual aun no hay un acuerdo total), hay dos errores : El primero la ausencia de la “y” y el segundo, la tilde. Con muy pocas excepciones (en especial el sufijo –chá) las palabras en quechua son graves. Este también es el caso de Saqsaywaman.


2. Sicuani no es una comunidad campesina (que es a lo que parecería referirse el texto de El Comercio) sino la ciudad capital de la provincia de Canchis.