jueves, 22 de enero de 2009

Ñawpamachulakuna, Museos y Ancestros

Desde la primera vez que fui al Museo Arqueológico de la UNSAAC (hoy Museo Inka) a mis - ya lejanos - seis añitos algo que me llamó poderosamente la atención fueron las momias. Recuerdo claramente esa primera vez en que distraídamente entre a su sala y de pronto me vi rodeado por ellas. Estaban en unas vitrinas de vidrio y se las podía ver de cuerpo entero. Me quedé paralizado de espanto. Creo que pude soportarlo sólo porque éramos tantos niños juntos que no nos quedaba otra cosa que seguir caminando. Estaba aun más espantado porque a nuestro profesor, antes de ir y supongo para que no nos asustemos, se le ocurrió darnos una explicación espantosa sobre las momias. Nos dijo, lo recuerdo claramente, que lo que íbamos a ver eran incas que cuando llegaron los españoles y ante las crueldades que hacían estos, habían decidido hacerse enterrar vivos junto con sus riquezas. Debido a su terrible muerte era que la mayoría de estas momias tenían esa expresión de espanto, como gritando, pues habían muerto sufriendo asfixia. Alucinante.
Pocos años después fui muchas veces más al mismo museo… y ya con menos espanto pude observar minuciosamente cada una de las momias, confrontar esos rostros terribles, esa carne y esos músculos resecos. Era una sensación muy extraña. Poder ver tan íntimamente los cadáveres momificados de personas que hace un tiempo – mucho o poco - estaban tan vivas como nosotros era perturbador y había allí algo de obsceno, algo que estaba mal.
Desde aquellas veces, cada vez que veía charki o cecina en el mercado me daban escalofríos. Por un buen tiempo me negué rotundamente a comer charki – por más que sabia que era carne de vaca – y ahora lo hago pero no muero de entusiasmo por hacerlo. El charki se parecía tanto a las momias que no podía evitar la asociación.
Había escuchado historias de machus (viejos) en particular del que vivía – y seguro sigue viviendo – en la casa de mi abuela materna; pero no fue hasta primero de secundaria gracias a la lectura de un fragmento de Kay Pacha (Gow y Condori) en la clase de literatura (que tuve el privilegio de llevar con Juan Carlos Godenzzi) que empecé a conocer el increíble mundo de los Ñawpamachulakuna.
Brevemente, los Ñawpamachulakuna contemporáneos son los sobrevivientes de una humanidad anterior a la nuestra que vivía solamente a luz de la luna. Cuando salió por primera vez el Sol, huyeron aterrorizados. Algunos lograron protegerse en las sombras de la Amazonía, otros se escondieron en pequeñas chullpas y en cuevas, pero el calor del Sol ha secado sus carnes de una manera brutal. Allí están, muchos ya solamente parecen ser huesos, otros aun llevan su reseca carne adherida. Parecen muertos pero están vivos y terriblemente hambrientos. Así, devoran a quienes se acercan a sus casas y los molestan. Un pequeño huesito se introduce en el molestoso, y lo empieza a consumir lentamente a través de enfermedades largas y penosas. Otras veces solamente necesitan del viento para acarrear enfermedades. En otras ocasiones visitan a sus víctimas en sueños y tienen relaciones con estas. Otras veces inclusive, uno - sobretodo cuando esta con unos tragos encima - se puede encontrar en un lugar apartado con su pareja... es decir con un ñawpamachu que ha tomado la apariencia de su pareja... y luego de terminar un encuentro sexual inolvidable... la pareja se torna en un monton de huesos. De estas relaciones sexuales las mujeres paren fetos muertos y monstruosos, y los hombres se consumen lentamente muriendo secos a los nueve meses.
Pero así como tienen un lado claramente perverso son también - como casi todos los seres que habitan y constituyen el paisaje de los Andes – ambivalentes. Tienen cierta relación –que no lo logro aun entender bien- con la fertilidad de los campos y en ciertos contextos son tratados como ancestros de la comunidad.
Esta alteridad, esta otra humanidad de atribuida por los runas contemporáneos a las momias prehispánicas, pone una distancia entre los runakuna contemporáneos y sus ancestros prehispánicos que habitan las chullpas y mach’ays que abundan en las punas de muchísimas comunidades. Si bien en ciertos contextos son considerados como ancestros, su estatus es muy ambiguo. Debido a que son miembros de otra humanidad, no tiene relación alguna con los muertos conocidos, con las almas que se entierran regularmente en el alma-panteón. (Hay que pensar solamente en lo importante que es el encontrar los restos de los familiares desaparecidos para tantas familias campesinas víctimas de la violencia política para calibrar un poco sobre cúan importante es esta diferencia de humanidad entre los muertos contemporáneos y los prehispánicos).
Hace ya varios años, el Museo Arqueológico de la UNSAAC cambió su nombre a Museo Inka. Asociado a este cambio hubo un replanteamiento total de la exhibición permanente (la cual en si misma merece un buen análisis…que no haré ahora). En la nueva exhibición permanente las momias que me confrontaron por primera vez a los seis años, los ñawpamachulakuna que son parte de la “colección” del museo siguen expuestos. Sin embargo ya no se encuentran como antes, en vitrinas de vidrio cual mercancías en una tienda. Ahora están acomodados en una especie de mach’ay artificial. Se los puede ver solamente desde cierta distancia, deben ser unos dos metros en promedio, a través de unos agujeros en una pared de madera que separa su mach’ay, de nuestro mundo de visitantes el museo. Están ciertamente una situación mejor que la de antes. Comparada con, por ejemplo, la suerte que está corriendo la mal llamada “momia Juanita” o un desafortunado ñawpamachu, totalmente desnudo, laqueado cual mueble y exhibido al lado de animales disecados en el Museo de Historia Natural de San Marcos (estaba alli hace unos diez años) , los ñawpamachulakuna del Museo Inka por lo menos tienen un mach’ay – que aunque sigue exhibiéndolos – algo de dignidad les devuelve.
Le preguntaba a mi compadre, paqu pampamisa que viene regularmente al Cusco para ofrecer sus servicios desde su lejana comunidad: ¿Y no estarán esos ñawpamachulakuna en el museo terriblemente hambrientos? ¿No estarán molestísimos por haberlos movido de sus lugares y puesto allí a la vista y paciencia de tantos extraños? ¿No estarán brutalmente irritados por haber sido exhibidos como piezas de museo, en vitrinas como si fueran animales disecados? ¿Por qué no hacen daño a la gente que visita el museo?
Mi compadre empezó su respuesta sin cuestionar el presupuesto de mi última pregunta. Me dijo que seguro que no hacen daño a nadie porque hay mucha gente, muchos visitantes, mucho ruido… como si estarían aturdidos fuera de sus apacibles mach’ays o sus chullpas de las punas. En estas condiciones ellos no pueden actuar de la misma forma como cuando un runa insolente los molesta en la soledad de sus altas viviendas. También me dijo que como hay tanta gente que ahora hace despachos en el Cusco urbano, quizás haya quienes les inviten algo de vez en cuando y por eso no estén tan hambrientos. O quizás es que como la gente en la ciudad come tanto ajo y cebolla, y esos olores les son repugnantes a los ñawpamachu entonces no les provoca devorar a seres tan desagradablemente apestosos.
En todas estas explicaciones y en las relaciones que los runas contemporáneos tienen con sus antepasados vivientes en las chullpas y mach’ays se encuentran formas de negociar y dar sentido a sus relaciones con la sociedad mayor, el mundo dominado por el castellano, así como la relación con su propio pasado y su vínculos y formas de identificarse con éste. De manera similar, las formas cómo los no quechuas usan y manipulan los cuerpos de los ñawpamachu y las formas como los presentan (en vitrinas de vidrio, como especímenes de exclusivo valor científico o, peor, como objetos curiosos; o atribuyéndoles apelativos ridículos y ofensivos como “Juanita”... que silencian su procedencia cultural, su caracter sagrado y la inscripción del poder imperial inca en el cuerpo sacrificado de adolescentes nobles de etnías sojuzgadas) también nos dicen mucho de cómo los científicos, los intelectuales, la universidad - los doctores para citar a Arguedas - consideran y entienden la relación con los quechuas contemporáneos y con sus ancestros prehispánicos.
Sólo para mostrar cómo este tipo de relaciones se construyen de formas radicalmente distintas en otras latitudes vale la pena referirse brevemente al NAGPRA en EEUU. El NAGPRA (North American Graves Protection and Repatriation Act) es una ley federal estadounidense aprobada en 1990 que establece “un procedimiento para que las agencias federales estadounidenses y los museos devuelvan cierto patrimonio cultural - restos humanos, objetos funerarios, objetos sagrados u objetos de patrimonio cultural – a los descendientes directos y tribus indias culturalmente afiliadas” (la traducción es mía). Hasta noviembre del 2006, esta ley había logrado las siguientes repatriaciones dentro de EEUU:

Restos humanos: 31,995 individuos
Objetos funerarios asociados: 669,554
Objetos funerarios no asociados: 118,227
Objetos sagrados: 3,584
Objetos de patrimonio cultural 281
Objetos tanto sagrados como patrimoniales: 764

Ver aquí

Habría muchas cosas que decir respecto a NAGPRA y como esta ley nos ayuda a pensar en la relación entre los grupos indígenas e instituciones estatales como el INC, los museos, los coleccionistas, los arqueólogos, los huaqueros y demás en el caso peruano. La escena se complica más, porque si milagrosamente emergiera entre quienes tienen poder en los museos la conciencia de que estos restos humanos deberían volver a sus comunidades, no sé si habría comunidades que estuvieran ansiosos por recuperarlas como ancestros. Estamos frente a un imaginario bastante distinto en relacion a los muertos prehispánicos.
Más allá de las formas complejas en que la historia ha ido moldeando las relaciones entre los contemporáneos peruanos y sus múltiples formas de relacionarse con sus ancestros y su pasado, el NAGPRA nos ayuda a ver otras cosas. Por ejemplo que cuando no hay políticas publicas no hay resultados concretos en la correlación de las relaciones de poder entre estos grupos, pero también que las políticas publicas dependen en gran medida de la presión que se haga desde la sociedad civil. Antes de NAGPRA muchos museos grandes en EEUU tenían códigos de conducta en los que se decían abanderados de conductas como las que NAGPRA instituyó… sin embargo en la práctica estas no se cumplían. Solamente una vez que se formalizó un real riesgo de sanción fue cuando los museos recién empezaron a tomar en serio el asunto… (Claro otra diferencia es que en EEUU las leyes se cumplen o tienden a cumplirse).
No se exactamente cómo deberían tratarse los restos humanos prehispánicos que son parte de “colecciones” de museos en el país. Lo que si sé es que no deben ser expuestos como objetos de la vitrina de una tienda o como especimenes entre animales disecados. Imagino más bien lugares dignos, donde los ñawpamachulakuna se encuentren algo más a gusto, donde puedan ser alimentados con despachos adecuados. Lo mas adecuado debería ser que estén en sus propios mach’ays donde sus descendientes los sigan alimentando como lo hacen con aquellos que aun están allí… También seria deseable que se vayan dando cambios políticos que quizás se reflejarían en que los runas construirían nuevas formas de reconocerlos y reclamarlos como ancestros vivientes y ejerciendo el poder que ese reclamo les podría otorgar para productivamente utilizarlo en sus múltiples esfuerzos por adquirir mejores niveles de vida y ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho en este país.
Quizás aquí viene a cuento, inclusive en las ambiguedades y paradojas que plantea para el caso peruano, el art. 12 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas:
1. Los pueblos indígenas tienen derecho a manifestar, practicar, desarrollar y enseñar sus tradiciones, costumbres y ceremonias espirituales y religiosas; a mantener y proteger sus lugares religiosos y culturales y a acceder a ellos privadamente; a utilizar y controlar sus objetos de culto, y a obtener la repatriación de sus restos humanos.
2. Los Estados procurarán facilitar el acceso y/o la repatriación de objetos de culto y de restos humanos que posean mediante mecanismos justos, transparentes y eficaces establecidos conjuntamente con los pueblos indígenas interesados.
El resaltado es mio.

Imagen 1: "Año 1934. "Momias del Altiplano boliviano". Instituto de Etnología de la Universidad Nacional de Tucumán. Vitrina exhibiendo una momia con fardo funerario más 2 cráneos humanos parcialmente momificados. Colección etnográfica del Altiplano Boliviano del Dr. A. Metreaux (AR-AHUNT-DGME-01-UNT05-0132)." Ver aquí.
Imagen 2: Tumbas saqueadas en Pisaq (foto mía).
Imagen 3: Ich heisse nitch Juanita (Yo no me llamo Juanita). Tinta china sobre papel. Fernando Bryce.