Mostrando entradas con la etiqueta hegemonia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hegemonia. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de agosto de 2008

Sobre el uso politico de la "modernidad"


En estos días los representantes del gobierno nos han tenido hartos hablando de la modernidad y de como ellos son sus paladines, mientras los agitadores, los indigenas manipulables, los radicales irracionales o las malditas ONG son todititos anti modernos.
Este es un ejemplo claro de como la "modernidad" es utilizada demagógicamente con objetivos políticos poco santos o por lo menos bastante oscuros.
El siguiente es un fragmento de un texto que esta por publicarse y que es pertinente para poner atencion sobre estas narrativas de modernidad que se vienen machacando desde el gobierno y por los medios pro empresariales (que no necesariamente tienen mucho de liberales).

El fragmento ha sido pensado respecto a los discursos sobre la mineria "moderna", pero puede ser aplicado a cualquier narrativa de modernidad.

-----

Todo sistema simbólico resiste totalización pues funciona en campos de infinitas substituciones que carecen de un centro que las fije y sujete. Siendo finitas las reglas del juego simbólico (las de una gramática por ejemplo), las substituciones posibles no lo son y no hay nada que fije en última instancia lo que se puede decir y lo que ello significa (Derrida, 1978: 289). Justamente por eso es necesaria una fijación parcial de significado. Así, todo discurso se constituye como un intento de fijar significados, de construir un centro (Laclau y Mouffe, 1985: 112). Toda ideología se articula alrededor de un centro, un nodo que tiende a ser percibido como un signo saturado de significados. Paradójicamente esto es posible porque este centro…

… que totaliza una ideología a través de detener el deslizamiento metonímico de su significado, no es un punto de densidad suprema de Significado, no es un tipo de Garantía que serviría como un punto estable de referencia. Por el contrario… en sí mismo no es nada sino ‘diferencia pura’: su rol es estructural, su naturaleza es puramente performativa –su significación coincide con su propio acto de enunciación–; en suma, es un ‘significante sin significado’. El paso crucial en el análisis de un edificio ideológico es detectar detrás del deslumbrante esplendor del elemento que lo mantiene unido (‘Dios’, ‘Patria’, ‘Partido’, ‘Clase’) esta operación autorreferencial y tautológica (Žižek, 1989: 99; ta[i]).

O como Lévi-Strauss lo explicó en su discusión del término mana:

Al mismo tiempo fuerza y acción, cualidad y estado, sustantivo y verbo, abstracto y concreto, omnipresente y localizado –mana es en efecto todas estas cosas. Pero cabe preguntarse: ¿no es precisamente debido a que no es ninguna de ellas que el mana es una forma simple, o más exactamente, un símbolo en estado puro, y así capaz de ser cargado con cualquier tipo de contenido simbólico? En el sistema de símbolos constituido por todas las cosmologías, mana sería simplemente un valor simbólico nulo, es decir, un signo marcando la necesidad de un contenido simbólico suplementario… Si esquematizamos casi podría decirse que la función de nociones como mana es la de estar opuesta a la ausencia de significado, sin cargar por sí misma ninguna significación particular (Lévi-Strauss, 1950: xliv; citado por Derrida, 1978: 290; ta).

Mana, Dios, Patria, Democracia son ejemplos de palabras que se perciben imbuidas de densos significados para quienes viven las ideologías que estas articulan. Desatan debates interminables, posturas contradictorias, significados encontrados, porque son significantes con significado nulo. Estas articulaciones ideológicas están íntimamente vinculadas a la emergencia y reproducción de hegemonías (Laclau y Mouffe, 1985): situaciones en las cuales la dominación social es mantenida en el tiempo sin una directa coerción física o institucional, y usualmente con el consentimiento de aquellos que son dominados (Gramsci, 1971 [1929-1935]: 56-60, 80, 180-183; Williams, 1977: 108-114).

Los múltiples usos de la palabra ‘modernidad’ en la esfera pública constituyen un centro de articulación ideológica. ‘Modernidad’ es un significante sin significado que nos deslumbra con su aparente densidad de significados. Kelly (2002) considera que ‘modernidad’, tal como se ha venido usando en las ciencias sociales después de la segunda guerra mundial, constituye un sublime ideológico, algo que agobia nuestra percepción y entendimiento, que no ayuda a ver sino más bien a ocultar y confundir nuestra percepción del grotesco escenario global contemporáneo. Un ejemplo de este carácter sublime de la modernidad es por ejemplo el siguiente análisis de la relativamente reciente identificación de modernidad con posiciones de libre mercado:

Lo que se quiere decir generalmente en las críticas al socialismo y al marxismo (y a todas las formas de liberalismo de centro-izquierda) es que estas posiciones son anticuadas porque aún están comprometidas con el paradigma básico del modernismo. Modernismo entendido aquí como una perspectiva de planificación de arriba-abajo… una centralización del poder absolutamente en contradicción con los valores de descentralización y aleatoriedad que caracterizan las posiciones posmodernas. Así estas posiciones son no-modernas porque aún son modernistas, y la ‘modernidad’ –en este reciente sentido– es buena porque es posmoderna (Jameson, 2002; ta).

Es posible percibir los roles ideológicos de la ‘modernidad’ cuando se “rechaza explícitamente todo presupuesto de la existencia de un uso correcto de esta palabra a ser descubierto, conceptualizado o propuesto” (Jameson, 2002; ta). Es más útil entender la modernidad como un género de narrativa que usa ciertas estrategias retóricas (Jameson, 2002). Al significado inicial de moderno –ahora– en el siglo XVIII se le añadió una connotación de mejora. De esta forma el término supone un permanente proceso de ubicar más y más eventos en un pasado esencialmente distinto al reinado de lo contemporáneo (Williams, 1982; Trelles, 1991). Esto hace que lo moderno sea permanentemente un significante por llenarse en el presente y que las narrativas de modernidad funcionen dentro de una dialéctica de periodización y ruptura. Cada nueva narrativa parte de un presente reinscribiendo en el paso los puntos de partida de narraciones anteriores. Esto supone un doble movimiento: por un lado el transcurrir continuo del tiempo es transformado en una conciencia de quiebre radical; por el otro la forzada atención a la ruptura torna gradualmente el presente en un período por su propio derecho (Jameson, 2002). Las narrativas de modernidad son autorreferenciales y performativas[ii], pues la dinámica de quiebre y periodización las convierte en signos de su propia existencia.

Todos los temas generalmente asignados como formas de identificar lo moderno –autoconciencia o reflexividad, mayor atención al lenguaje o a la representación, etc.– son pretextos de una operación de reescritura que asegura el efecto de asombro y convicción apropiados para registrar un cambio de paradigma. Esto no quiere decir que estos temas o características sean ficticios o irreales, es meramente afirmar la prioridad de la operación de reescritura sobre el análisis de estos fenómenos históricos (Jameson, 2002: 38; ta).

Un ejemplo de este tipo de reescritura son los discursos sobre la minería en el Perú antes de los 90. Por un lado, las minas fueron vistas como responsables por los despojos de tierras campesinas y/o por su notoria degradación ambiental, con el activo apoyo del Estado (Bonilla, 1974; Flores Galindo, 1974: 32-33, 45-47, 68-71)[iii]. Por otro lado, las minas también eran asociadas con la tecnología industrial y el mundo urbano: carreteras, trabajo remunerado, escuelas, hospitales y demás símbolos vinculados al adelanto. Desde una percepción urbana las minas contribuían no solo al progreso nacional sino también se consideraban un medio para desarrollar las atrasadas zonas andinas[iv]. El interés por entender por qué los campesinos que trabajaban en las minas no se proletarizaban o las lecturas que activistas de izquierda hacían del movimiento minero asumían que la minería generaría el proletariado peruano (Bonilla, 1974; Flores Galindo, 1974). Desde distintas perspectivas, la minería contenía promesas de ‘modernidad’ construidas en oposición a un ‘atrasado’ espacio rural andino[v].

Sin embargo esta minería solo ha brindado a las comunidades rurales un desarrollo dependiente y fugaz, en los casos en que ha brindado alguno. Por ejemplo, en el caso de comunidades de Huancavelica analizadas por Koc (2001: 230-231):

Las condiciones económicas en las comunidades no han mejorado y la inserción en una economía de mercado ha generado más inseguridad e inestabilidad de la que existía. Frente a ello las características de la organización campesina han constituido el factor que les permite afrontar en mejores condiciones esta nueva situación…. Treinta años después, seguimos encontrando campesinos que se emplean en las minas… pero que sin embargo no han dejado de ser campesinos.

Aquella minería y sus promesas de ‘modernidad’ se han reescrito en una nueva narrativa de modernidad que las ha transmutado en 'minería tradicional'. Mientras en la anterior narrativa la sociedad rural era constituida como ‘tradicional’, en la nueva es la minería anterior a los 90 la que ha sido tornada en ‘tradición’ –el telón de fondo sobre el cual la historia progresiva puede ser situada (Ivy, 1995: 5)-. Esta minería es ahora es el referente de un pasado no deseado respecto del cual se construye la imagen de una minería 'moderna'. Toda narrativa de modernidad constituye a la tradición como su otredad necesaria e inevitable (Ivy, 1995).

Aún está muy presente la idea de que la modernidad está asociada a cierta única forma de libertad occidental. Esta noción de libertad se refiere a algo subjetivo, a una modificación fundamental de la conciencia. Muy pocas veces se menciona cómo fue antes de estos cambios, sin embargo uno puede asumir que la otredad del premoderno iba necesariamente de la mano con una ausencia de libertad, con obediencia. Debía tener la sujeción de una mentalidad de esclavo y una vida irredimiblemente subalterna (Jameson, 2002: 53; ta).

[…]

Las narrativas de ‘modernidad’ y su connotación de ‘progreso’ y ‘desarrollo’ articulan hegemonías: así como los cuerpos de los nobles hawaianos contenían más mana que los de sus súbditos (Lévi-Strauss, 1971 [1950]), quienes son más poderosos merecen serlo porque son más modernos y los que no lo son explican su situación por su falta de sofisticación y de educación, por su tradicionalidad. Igual que el mana legitimaba el poder de los nobles hawaianos ocultando que su poder surgía de la acumulación de la producción de sus súbditos, así también las narrativas de modernidad esconden los mecanismos que no permiten a todos acceder a la misma educación o tecnología.

Asociar los adjetivos tradicional y moderno a cierto fenómeno es construir una dicotomía jerárquica de pasado a futuro, de peor a mejor, de retrasado a avanzado, de defectuoso a mejorado, naturalizando desigualdades políticas: aquellas entre el primer y tercer mundo, entre espacios urbanos y rurales, entre quienes hablan castellano y quechua, entre mineras y poblaciones rurales, o entre inversiones mineras que corresponden a distintos momentos de la globalización. La esfera pública está plagada de narraciones de modernidad, las usamos todo el tiempo sin percatarnos de sus consecuencias políticas.



[i] Ta: Traducción del autor.

[ii] Uso performativo en el sentido empleado por Austin (1961): cuando al decir algo no solo se comunica sino que se hace algo. Por ejemplo, al decir “prometo ir mañana” se está haciendo una promesa y no solo comunicándola.

[iii] El mejor retrato de la mina como un actor esencialmente negativo es, en mi opinión, Redoble por Rancas y su saga por Manuel Scorza (1970), ficción basada en la historia de las luchas entre comunidades campesinas y la Cerro de Pasco Copper Co. en la sierra central de los 50.

[iv] Estas visiones pueden ser encontradas en los conflictos de Todas las sangres (Arguedas, 1964).

[v] Esta relación entre minería y expectativas de ‘modernidad’ no es exclusiva del espacio andino. En el Copperbelt de Zambia, por ejemplo, las minas fueron los motores de una urbanización que “parecía ser un proceso teleológico, un movimiento hacia un punto final conocido que sería nada menos que una modernidad industrial al estilo occidental” (Ferguson, 1999: 5; ta). Al colapsar la economía minera en el Copperbelt, los espacios urbanos se empobrecieron y gran parte de la población ha retornado a residir en zonas rurales, a la agricultura y ganadería como su principal recurso de subsistencia. Las expectativas de modernidad terminaron truncas y defraudadas (Ferguson, 1999).

Dibujito de aquí.

martes, 6 de mayo de 2008

Es crucial fomentar una esfera publica en Quechua

En un post anterior sostenía que "nuestra sociedad se niega a reconocer al quechua como un idioma en el cual se puede llevar a cabo interacciones consideradas 'modernas' como aquellas que se dan en un banco, que se entablan por un oficio a una autoridad, o en un noticiero televisivo."
Algo parece estar lentamente cambiando respecto a esto. Al menos esa impresión deja la entrevista de la pagina central de hoy en Peru21.
En esta excelente entrevista de Jose Gabriel Chueca a Juan Aragonés - operador telefónico de Atento (Movistar) en Quechua - están claras la discriminación que los hablantes del quechua,
y de otras lenguas indígenas, sufren cotidianamente; la gran necesidad de que estas lenguas sean utilizadas en la esfera publica - tanto por una necesidad obvia de comunicación como para atacar frontalmente la discriminación cultural tan patente en nuestra sociedad - ; la fuerte demanda de servicios y medios en estas lenguas que existen en todo el país, incluida Lima. También se transparenta lo intenso de la discriminación que lleva a negar la propia lengua, y que a veces es erróneamente interpretada como que los quechuahablantes ya no quieren hablar quechua porque quieren "integrarse" o "modernizarse". Falso, pues los quechuahablantes están desde hace muchísimo tiempo integrados a una sociedad que durante la mayor parte de su existencia los ha explotado de muchas diferentes maneras. No es que no estén integrados, el problema es como están integrados. Y el rollo sobre "modernizarse" simplemente demuestra ignorancia y la utlizacion de esta palabreja para legitimar las jerarquías establecidas.
Hay que subrayar que los quechuahablantes que no quieren hablar quechua hacen esto básicamente porque cuando lo hablan son brutalmente maltratados. Y los niveles mas altos de este maltrato me parece que se dan sobretodo en Lima.

Solo hay que leer los siguientes fragmentos para ilustrar los puntos que acabo de mencionar:

"
Una vez tuve la oportunidad de trabajar como profesor en el campo. Recuerdo que vi a un comunero acercarse quejándose de dolor de cabeza y el médico le contestó, molesto, 'qué habrás comido, pues. Cochino'. Y le dio una pastilla para el estómago. Le dijimos al doctor que le estaba pidiendo algo para la cabeza. Y él dijo: 'Es que estos cholos no saben hablar'. Eso dolió. "

"
me invitaron a participar en la ONG Educa, donde desarrollé el programa de alfabetización bilingüe. Algo que me sorprendió fue que en Lima, donde supuestamente no pasa nada con el quechua, el programa fue un boom. Hicimos incluso radio en quechua, en radio Cantogrande, y tuvo mucha aceptación."

"
Al día tenemos, por cada operador -somos 30-, entre 140 y 200 llamadas. Al comienzo había curiosidad. Nos llamaban para molestar. Para mí era una experiencia nueva. La primera vez recuerdo que alguien me llamó y me gritó '¡serrano de miércoles! Háblame en castellano'. Yo le insistía contestando en quechua. "

"
Al inicio se les sentía el dejo andino, pero se resistían a hablar en su lengua. Les decíamos '¿podemos hablar en quechua?'. En son de broma, les decíamos que el quechua suena dulce. Algunos contestaban 'pero yo ya me he olvidado'. Uno sigue hablando en quechua y hasta se sueltan y ya se ríen. "

"
Una vez llamó un señor al que le habían robado su celular. Nos decía que, como hablaba quechua, no lo habían atendido en las tiendas y que necesitaba recuperar su número porque su hijo vivía en el extranjero. Nosotros ayudamos con la gestión, se sintió agradecido y me preguntó "¿hermanito, dónde te encuentro? Te tengo una gallinita preparada". No, señor. Yo trabajo en Lima. Otras personas nos han contado llorando de problemas que no resolvían porque no las entendían en las agencias. "

Es urgente fomentar la creacion de esferas publicas, que ya existen pero que en muchos casos son fragmentarias, ninguneadas ymarginadas, en idiomas indígenas si realmente queremos una sociedad menos discriminatoria y violenta, y mas democrática y tolerante. Y en esto son cruciales políticas publicas.

Aquí la entrevista completa